Cultura

Un regalo para el marido

Conrado Roche Reyes

Carlos y José entraron con cierta timidez y se sentaron en la mesa contigua a la de las dos mujeres, quedando de espaldas a Alejandra. Con cierta concentración y, después de ordenar una cerveza, pudieron escuchar la plática de las vecinas.

“¿Cómo te fue en Las Vegas?, preguntó Lucy. “De maravilla –contestó Alejandra, entusiasmada–. Fue el viaje más excitante de mi vida”. “¿Por qué, qué pasó?”. “Conocí al hombre más maravilloso que hay sobre la tierra. Es mexicano. Guapísimo. Un verdadero experto en el juego, y el mejor amante que puedas imaginar”, dijo la mujer, casada con un hombre más viejo pero riquísimo. “Luego de lidiar durante tres días con los aburridísimos amigos con los que fui –prosiguió– decidí cortarme y me puse a jugar blackjack en una mesa con un par de aburridos japoneses. Unos minutos más tarde apareció José”.

El aludido Pepe y su amigo Carlos aguzaban el oído, tratando de no perder palabra.

“Llegó a la mesa –continuó Alejandra– y de inmediato atrajo la atención del dealer y de los jugadores. Es muy alto, con la barba muy cerrada y con ojos café claros, llenos de luz y de belleza”.

José estaba a punto del orgasmo mientras oía su propia descripción, de labios de la más hermosa de las mujeres.

“Nos sentimos atraídos como en las películas de mi marido. Ni él ni yo nos buscamos o nos conquistamos. Fue una atracción mutua, irreflexiva, casi salvaje. En un rato, mientras subí a cambiarme la ropa para ver el show, volteó la cabeza al “Mirage” completo, al ganar una fortuna a pesar de que le cambiaron tres o cuatro veces al dealer. Sin embargo, dejó la mesa para llevarme a ver a Frank Sinatra. Es un hombre suave, romántico. Me cantó casi todas las canciones al oído. No pude evitar invitarlo a mi habitación, y ahí se terminó el mundo, Lucy. El hombre fino y delicado se convirtió en un terremoto de pasión. Si juntara todas las relaciones que yo he tenido en mi vida, no le llegarían ni a los talones a esta. Cuando desperté y vi su cara dormida, recordé lo que había pasado y salí corriendo. Ya sabes que soy una cobarde. Le compré un regalo en la joyería del hotel a mi marido y regresé con él en el primer avión que pude”.