Pedro de la Hoz
La compra de un mechón de los cabellos de Ludwig van Beethoven en una puja organizada por la sede londinense de Sotheby’s merece por sí misma un comentario, más cuando alcanzó la delirante cota de 35,000 libras esterlinas.
Del hecho, acaecido a mediados de junio, derivan, al menos, tres lecturas. Una pasa por advertir cuán desenfrenadamente se comportan subastadores, vendedores y compradores. No sólo todo tiene precio en el mercado, sino pareciera que el mercado es dios.
En los últimos años hemos conocido deacciones por el estilo. Mechones de Elvis Presley han alcanzado la cifra de 115,000 dólares y no muy lejos se ha valorado uno de John Lennon en 48,000. Alguien pagó 900,000 por una prenda íntima usada por Madonna durante el rodaje de la película El cuerpo del delito. En una oscura operación mediada por la subastadora digital eBay hubo quien desembolsó algo más de tres millones de dólares por la ventana y el marco desde donde Lee Harvey Oswald presuntamente disparó al presidente Kennedy.
Otra lectura nos lleva a la pérdida de fronteras entre coleccionismo y fetichismo. Cierto que Beethoven, a la usanza de la época, cortó en 1826 una parte de sus cabellos para ofrecérselos a su colega Anton Halm, compositor y pianista austriaco con el que sostenía una relación profesional y amistosa. Halm, por intermedio del violinista Karl Holz, había solicitado de su ilustre amigo que accediera a la petición para complacer a su esposa y un sirviente del autor de la famosa Novena sinfonía, por su cuenta y riesgo, lo engañó entregándole una mecha de pelo de cabra. Al saberlo, Beethoven corrigió el desaguisado y él mismo hizo llegar, esta vez sin trampas, el obsequio capilar.
Al pasar el tiempo, Halm, que veneraba su posesión como una reliquia, la donó en acto de fe musical al pianista Julius Epstein, profesor del Conservatorio de Viena y editor de las Sonatas para piano, de Beethoven, entre otras obras. Epstein expuso el mechón más de una vez, indicando su procedencia. Y éste lo pasó a otras manos y esas otras manos comenzaron a rendir un culto desmedido, fetichista, a un despojo que despertó apetitos codiciosos.
La alta cotización del pelo de Beethoven en una subasta también refleja la frivolidad con que la dupla mercado-propiedad privada contamina los auténticos valores artísticos. El nombre del comprador es lo de menos, pero cabría preguntarse si no sería mucho más útil gastar la enorme suma de dinero en promover la apreciación de la música clásica. Hasta puedo especular, incluso, si en verdad aman y comprenden la música de Beethoven los que lucraron con el negocio de la subasta, desde los directivos de la casa hasta el mismísimo comprador.
A la casa subastadora, ya se sabe, le da igual lo que remate, mientras obtenga jugosos dividendos. Pareciera disponer de una división de operaciones capilares; en otras ocasiones situó en el mercado cabellos de los compositores Federico Chopin y Wolfgang Amadeus Mozart.
Frívolo de igual modo fue el tratamiento anterior y posterior de la noticia por medios de comunicación, muchos de ellos para nada comprometidos con la cultura. Seguro estoy de que harían un mejor servicio si dedicasen sus espacios a difundir la casi olvidada obra de Halm en lugar de enaltecer tonterías.
De las composiciones de Anton Halm (1789-1872) resultan atendibles el ciclo pianístico Seis grandes estudios de concierto, el Cuarteto de cuerdas No. 1 y el Gran rondó brillante, también para piano.
Carl Czerny, a quien todo estudiante de piano conoce por sus estudios obligatorios, escribió una interesante monografía acerca de cómo interpretar adecuadamente las obras de Beethoven para el instrumento. En sus páginas revela una anécdota poco edificante acerca de la relación de Halm con el maestro. Ante una sonata que el joven acababa de componer, Beethoven escrutó la partitura por varios minutos y luego comentó: “Usted ha transgredido algunas reglas elementales de la armonía”. Halm respondió: “Usted también ha saltado por encima de ellas”. El maestro zanjó la discusión: “Beethoven puede, usted no”.