Opinión

Por Jorge Gómez Barata

Existe un tipo de corrupción no pecuniaria asociada no al dinero, sino al poder, la fama y en ocasiones a la megalomanía que es practicada por individuos que utilizan la riqueza para hacer política, acceder al poder y realizar metas personales inalcanzables por otra vía.

Este caso no debe ser confundido con el de personas acaudaladas que desarrollan una afición por la política y una vocación de servicio. Un ejemplo es John F. Kennedy, inmensamente rico que por padecer una incurable osteoporosis en la columna vertebral fue rechazado cuando se presentó para servir en las fuerzas armadas durante la II Guerra Mundial. En tales circunstancias persistió y utilizó la influencia de su padre para ser admitido en la marina de guerra. En 1946, fue elegido Representante, fracasó al tratar de ser nominado para vicepresidente con Adlai Stevenson, ganó un premio Pulitzer, se hizo Senador, y en 1960 alcanzó la presidencia de los Estados Unidos.

Otra evidencia de propensión a la acción social es el ex presidente Barack Obama quien, durante su etapa en Harvard presidió una revista estudiantil, ejerció como trabajador social en Chicago y practicó abogacía en el área de los derechos civiles. Fue profesor, fracasó al tratar de ser electo como Representante de los Estados Unidos y en 2004 se convirtió en Senador con el 70 por ciento de aprobación.

Desde el Senado impulsó leyes para el control de armas, limitación de los grupos de presión y exclusión del fraude electoral, establecimiento de la rendición de cuentas en el uso de fondos federales y la atención a los veteranos. Durante años batalló por la adopción de un sistema de atención universal a la salud pública. En 2008 se convirtió en presidente de los Estados Unidos, cargo para el cual fue reelecto.

Un caso diferente es Donald Trump, 45º presidente, cargo que alcanzó con 70 años. Antes fue un destacado empresario de bienes raíces con notoria presencia en los negocios asociados al entretenimiento, la televisión y la frivolidad. En 1971 se hizo cargo de los negocios familiares, conocidos como “Organización Trump”

En 2015 anunció su candidatura y en 2016, fue alcanzó la presidencia sin jamás haber ocupado ninguna función pública, no haber sido elegido ni designado para ningún cargo, ni haber dado muestras de interés por cuestiones sociales. Según su biografía, la vocación de Donald Trump para el servicio público es nula. Se trata de un caso típico en el cual el dinero y la influencia que la riqueza provee es utilizada para acceder al poder.

En cuatro años de ejercicio presidencial el actual presidente ha sido consecuente con su perfil y con su historia, colocándose de espalda a los grandes problemas sociales, en especial la pobreza y el racismo, tratando con superficialidad inaudita a los migrantes, con rudeza a las mujeres y con desdén a países y entidades internacionales.

No obstante, en cualquier análisis habría que reconocer la consecuencia del presidente que no oculta los perfiles de su personalidad, sus propensiones misóginas y xenófobas, no trata de aparentar una profundidad que no alcanza, no disimula su elitismo, no finge acerca de su rudeza, falta de compasión y sensibilidad ante el dolor ajeno. En ese orden de cosas es absolutamente transparente. Donald Trump no es una expresión del pueblo americano y de sus valores, sino su antítesis. No obstante, tal vez tenga una segunda oportunidad. Las masas no son predecibles.