Pedro de la Hoz
Siempre recelo de las novelas cuyos editores, para asegurar ventas o lo que sea, catalogan como históricas. Son aquellas que en propiedad nos remiten a un acontecimiento comprobable y real, de épocas pasadas, bajo el manto de la ficción. Sucede que como lector tengo bien delimitados los campos de la novela y el ensayo histórico-social, y disfruto de una y del otro a partir de disposiciones receptivas diferenciadas.
La novela histórica tiene que ser novela, realidad contada e imaginada, levantada sobre códigos narrativos eficaces o sorprendentes, de acuerdo con las capacidades, el talento del autor y, por supuesto, su filiación estilística, pues no es lo mismo recorrer la escala realista de los Episodios nacionales, de Benito Pérez Galdós, en el mainstream del siglo XIX, que asistir a la maravillosa reinvención del Medioevo en El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
Dejo estas cuentas claras, al menos para mí, antes de abordar uno de los éxitos comerciales del momento, Yo, Julia, del español Santiago Posteguillo. Viene bendecida por el Premio Planeta 2018, con el cual el poderoso grupo editorial peninsular posiciona libros y autores en el mercado. Altamente codiciado por su monto económico y las enormes ventajas promocionales para el ganador y el finalista, alguna que otra vez se ha cuestionado su transparencia. En una oportunidad Luis María Ansón se preguntó qué hacía como presidente del jurado en el banquete de premiación, cuando se sabía de antemano quién iba a ser coronado entre las pocas novelas cribadas con anterioridad por un casi anónimo comité de selección.
Por si fuera poco, Posteguillo ostentaba credenciales de veteranía en las lides de la novela histórica, al publicar sendas trilogías sobre Escipión el Africano y Trajano. Para el lector no constituía novedad que el autor eligiera nuevamente desandar por los vericuetos de la historia de la Roma antigua.
No sé si como truco publicitario o porque en verdad cree en lo que dice, lo peor de Posteguillo, a raíz de recibir el Planeta, fue declarar en una entrevista que la Unión Europea debía tomar como modelo político del Imperio romano a fin de garantizar el futuro de la concertación de Estados. Para promover Yo, Julia no hacía falta pronunciar tamaño disparate.
Yo, Julia, por aproximación, nos recordaba una obra muy difundida y valorada sobre la Antigüedad: Yo, Claudio, de Robert Graves, sobre la cual existe una muy atendible serie televisiva. Solo los títulos se entrecruzan; Yo, Julia funciona de otro modo.
Posteguillo explota tres aristas llamativas; una, el protagonismo de una mujer; otra, la atribución del discurso narrativo a un personaje histórico famoso, el médico Galeno; y una tercera, la inquietud humana por saber cómo se forjan destinos en medio de escenarios revueltos, caracterizados por intrigas, batallas y pugnas por el poder.
Sin embargo, esos tantos a favor se revierten en contra a medida que el lector avanza por una obra farragosa que suma más de 600 páginas. Demasiado perfecta Julia para ser verosímil; la omnisciencia de Galeno no basta para descifrar los rasgos de una época de cambio en el Imperio romano; y las intrigas, batallas y pugnas siguen un esquema expositivo demasiado primario. Alguien ha llamado este recurrente procedimiento del escritor como la enfermedad del salgarismo, continuo y fatigoso afán didáctico que se admite en las novelas de Emilio Salgari como aderezo del núcleo aventurero de sus obras, pero que en una narración como Yo, Julia no es más que peso muerto.
¿Digerible, medianamente entretenida? En eso quedamos. Como novela histórica es más historia que novela. No valen las comparaciones, aunque después de leer Yo, Julia volví la vista hacia Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Como para desintoxicarme.