Conrado Roche Reyes
Se conocían desde niños. Uno de ellos parecía ser buen amigo. Estudiaron juntos hasta la secundaria, es decir, se vieron las caras durante doce años, con la excepción, claro está, de las vacaciones escolares. El tiempo, en su vertiginosa relatividad, voló. Se dejaron de ver durante muchos años, hasta que cierto día, un amigo común, condiscípulo de ambos, llegó con este compañero al lugar de trabajo de Juanito. Los abrazos y parabienes por aquel reencuentro fueron unas verdaderas manifestaciones de sincera alegría. Los tres parecían ser los seres más felices sobre la faz de la tierra y, como era de esperarse, había que celebrar, lo que hicieron en una acogedora cantina situada a la vuelta del negocio donde trabajaba Juanito. El propietario, don Fernando Gamboa “El Tigre”, era oriundo de Tekantó, los atendió a cuerpo de rey, ya que era de un país vecino, perdón, de un pueblo vecino al de Juan.
Los tres eran ya personas adultas, con esposa e hijos, pero resulta que el nuevo amigo, del que se habla en el primer párrafo, era un verdadero “tranca diaria”, es decir, un borrachín, lo mismo que el otro y el Juanillo.
Entonces, el nuevo comenzó a visitar a Juanito todos los días para tomar los tragos. Tenían varias cosas en común, a saber, el gusto por el licor, y los tres estaban en trámite de divorcio.
Eso de la tomadera se convirtió en una rutina. Cuando salían del primer antro de vicio ya picados, alguno sugería: “Ahora, vamos a seguir la ruta Puuc”, llamábale así a todo el paso del centro hasta el final del Paseo Montejo visitando todos los centros de ¡salud!, ubicados en dicha ruta. Por entonces había decenas de cantinas por dicha ruta Puuc. De alguna manera el dinero, o “la liquidez” como ellos le llamaban, salía. Ya con palabrería, préstamos o de plano chayoteando. La cuestión es que todas las noches llegaban a sus respectivas casas totalmente encrespados, y sus respectivas esposas, ya se imaginarán. Para no hacerles más largo el cuento, a los tres los mandaron al demonio (aunque hay que aclarar que uno de ellos era un verdadero “mején kisín) y se convirtieron los tres alegres bohemios borrachos en divorciados.
Entre tomadera y tomadera, en cierta ocasión, el más nuevo del grupo los invitó a su casa. Esta estaba situada en el fraccionamiento Brisas. Todo su mobiliario había sido vendido para pagar su briago estilo de vida. Solamente le quedaban dos hamacas sempiternamente colgadas, eso sí, de tres hilos (se podían contar, efectivamente eran tres hilos y entre ellos se había que acomodar uno, más una mesa destartalada con sus sillas de plegar ídem. Compraron un “pomuch” de Bacardí y sus respectivas aguas, y a tomar se ha dicho. En cierto momento, uno de los borrachitos se despidió, debido a que estaba invitado a chupar en otro lado. Entonces se quedaron solamente el nuevo y Juanito, quienes consumieron la botella hasta agotarla. Se terminó el trago, se acabó el amor. Entonces ambos se acostaron en sus respectivas y elegantes kiritzosas hamacas y durmieron la mona como bebés.
Al día siguiente, despertaron y cada uno tomó su respectivo camino. El uno a intentar recuperar a su esposa –algo imposible, ya que además de briago, era perverso y malo– y el otro, todo crudo, a chambear. Dos días después, el nuevo se presentó a la negociación donde trabajaba Juanito, acompañado por un agente de la “perjudicial” y acusaba a su “amigo” de haberle robado todo su dinero. Una cantidad bastante considerable –supongo–, ya que sin medir palabras y sin pruebas, con toda crueldad, no solamente fue a reclamar, sino que ya había interpuesto una denuncia por robo contra Juanito. En una refresquería, el nuevo le explicó que tenía que ser Juan quien le robó porque nada más estaban ellos dos y todo apuntaba hacia Juanito. El agente, que además resultó amigo de Juan, repetía al nuevo que, según sus treinta años de experiencia, estaba seguro de que el acusado nada había robado. Pero el nuevo insistía: “¡El fue!”.
Juanito, comiéndose la rabia por dentro, nada más le repetía que interponga cien demandas si quería, él sabía que no había tomado un quinto a este juep… que se decía su amigo, que cruelmente y con flamígero dedo, lo continuaba acusando. En fin…
Al día siguiente se presentó el acusador, y con una cara de arrepentimiento (falsa, era un real x’kape ich) le explicó que al despertar e intentar ponerse los calcetines, el dinero “robado” cayó al suelo. Este malvado sujeto, en su peda, lo escondió en dicho lugar, y estaba tan pedo que se le olvidó dónde lo había puesto y acusó penalmente a Juanito y ni quitó la denuncia. Claro que Juanito ya había hablado con el procurador, que fue su compañero en la Facultad de Leyes, quien le explicó que no se preocupara, que ni siquiera lo interrogarían.
El nuevo, en lo poco que le quedaba de decencia, a partir de ese momento, dejó de beber. Entró a un grupo de AA. Fue lo único rescatable de este episodio de la vida real. Hoy el nuevo, orgullosamente, grita que desde hace 29 años no toma. Y el programa de AA no es nada más eso, solamente tapó la botella y ahora es aún más traicionero, chismoso y malvado que antes.