Síguenos

Última hora

Sujeto es sentenciado a siete años de prisión por compartir videos íntimos con una mujer

Entretenimiento / Virales

El pianista que construyó el primer tren maya

Quienes estudiamos el pasado no podemos evitar sentir simpatía o animadversión hacia algunos de los personajes que conocemos gracias a las fuentes de que nos servimos. De tal modo, por documentos de archivo, publicaciones periódicas, folletos, libros o fotografías, a veces intimamos a tal grado con ciertos hombres o mujeres que llegamos a considerarlos tan próximos a nosotros como si de personas vivas se tratara. Parafraseando a Quevedo, el historiador vive en conversación con los difuntos y escucha con sus ojos (y con sus oídos, si cuenta con grabaciones sonoras) a los muertos.

Rodulfo G. Cantón (Mérida, 1833-París, 1909) ha sido uno de esos difuntos con los que he tenido el gusto de conversar –sin recurrir al espiritismo que él profesaba–, en particular a propósito de su participación en una notable empresa cultural que marcó el campo artístico local entre 1873 y 1882: el Conservatorio Yucateco de Música y Declamación.1

Y claro que me he identificado con él porque desde 1990 he tomado parte en empresas culturales semejantes y porque, como él, pienso que las bellas artes, más que un mero pasatiempo, pueden contribuir al fortalecimiento del tejido social y al desarrollo socioeconómico, o, para decirlo con el lema del Conservatorio, a la fraternidad y el progreso.

Por eso, y porque siempre me pareció fascinante la vida de aquel pianista, abogado, librero, promotor cultural, empresario, político y funcionario público devoto del espiritismo y la masonería, desde hace tiempo venía proponiendo a estudiantes de Historia que eligieran como tema de tesis la biografía de Rodulfo G. Cantón. Afortunadamente, uno de sus tataranietos, Raúl J. Casares G. Cantón, sin ser historiador profesional, abrazó esa tarea como una forma de honrar la memoria de su antepasado, a quien conoció y admiró desde la infancia gracias a su abuelo, también de nombre Rodulfo.

Y Raúl lo hizo con la misma pasión con que su ilustre ancestro emprendió todos sus proyectos. Llevado de su amor por el pasado de su familia y de su terruño, y alentado por Laura Machuca y su taller de metodología de la historia para historiadores no profesionales, localizó fuentes en archivos familiares, en bibliotecas y archivos yucatecos y en el Centro de Estudios de Historia de México Carso (hoy Fundación Carlos Slim) de la capital del país para, con esos materiales, reconstruir la vida de este personaje, cuya actuación en los campos educativo, cultural, político y, sobre todo, económico tuvo una trascendencia que apenas ahora, gracias a esta publicación, podemos aquilatar.

Así pues, la biografía redactada por Raúl J. Casares G. Cantón se estructura en torno a la actuación de Rodulfo G. Cantón en los distintos campos en que se desenvolvió en el transcurso de su larga vida: la educación y la cultura, entre 1852 y 1878, y la economía y la política, de 1879 en adelante.

En la primera parte del libro se presenta el contexto histórico y familiar, propicio este para que los 12 hijos de Gregorio Cantón adquirieran el gusto por las artes y brillaran en los negocios y la política, y se examina la actuación de Rodulfo en el ámbito de la educación, la cultura y las artes. Así es como sabemos de la Librería Meridana de Cantón, que abre Rodulfo en 1852; de su papel protagónico en el proyecto del Conservatorio Yucateco entre 1873 y 1878; del círculo espiritista del que formó parte y su órgano La Ley de Amor, que editó de 1876 a 1879, así como de su desempeño como presidente del Consejo de Instrucción Pública entre 1875 y 1876.

En la segunda parte, se repasa el papel de G. Cantón en la economía y las finanzas y en la política y la administración pública, campos que entonces estaban aun más imbricados que ahora. En lo que respecta al plano económico, se revisan el proyecto del Banco Agrícola lanzado en 1876, las ideas que plasmó en la Revista de la Segunda Exposición de Yucatán de 1879 y la colosal obra de su vida: el ferrocarril Mérida-Peto, comenzado en 1879 y concluido en 1900, así como tres momentos más bien amargos: el fallido proyecto de los Ferrocarriles Sudorientales, la debacle del Banco Yucateco durante la crisis de 1907 –siendo Rodulfo presidente de su consejo de administración– y la dolorosa venta de su Ferrocarril Mérida-Peto. Y en lo político, se detalla su rol en la construcción de la candidatura de Olegario Molina en 1901, su desempeño como presidente municipal de Mérida en 1902 y su paso, como interino, por la gubernatura del estado.

El epílogo del libro es un relato, construido con base en correspondencia privada, de los últimos meses de vida del progresista empresario, marcados por la búsqueda de salud en Nueva York y París, ciudad donde a la postre falleció y donde reposan sus restos.

El texto escrito dialoga con un importante número de imágenes procedentes de distintos repositorios. Entre estos sobresale el archivo familiar del autor, que resguarda notables retratos de miembros de su familia. La iconografía se completa con un anexo en el que se reproducen las fotografías incluidas en la lujosa Memoria… del Ferrocarril de Mérida a Peto formada para la Exposición de París de 1900, que permite admirar las modernas instalaciones de la empresa, las locomotoras y los carros, y la infraestructura de la ruta que el tren recorría.

Con esta “sonata de una vida”, subtítulo que alude al gusto por la música de su biografiado, Raúl J. Casares G. Cantón cumple con creces su propósito expreso: “rescatar para la memoria familiar a don Rodulfo G. Cantón, recuperar su vida y su obra, la trayectoria de un personaje visionario, polifacético, laborioso, culto y progresista, como lo definió Allen Wells, ‘un hombre del renacimiento’”.

Entre sus aportaciones, destaco algunas: la información sobre Gregorio G. Cantón y sus descendientes, incluyendo el chisme sobre la fastuosa boda en Nueva York en 1903 de Mercedes, hija de Rodulfo, con Fernando García Fajardo (quien para 1909 ya se había separado de ella); el seguimiento a algunas ideas de Rodulfo G. Cantón que se expresan en las distintas funciones que desempeñó, en particular su compromiso con la educación de las mujeres y su confianza en el trabajo, la ciencia y la tecnología como elementos de civilización y de prosperidad; la identificación de la red de relaciones conspicuas que formó y que incluyó al abogado y senador Joaquín D. Casasús, al ministro de Hacienda José Yves Limantour y al propio presidente Díaz –y aquí hay que destacar el provecho que sacó el autor de la correspondencia que localizó en el archivo Limantour del Centro de Estudios de Historia de México.

Muchos motivos de reflexión da esta “sonata de una vida”. Personalmente, me parece notable la precocidad de Rodulfo, quien, con solo 19 años, abrió la Librería Meridana, y a los 27 años presentó al gobierno estatal un “Proyecto para la consecución de un privilegio general para construir líneas de ferrocarril y telegráficas en el interior del estado”. También encuentro asombroso que, con 40 y tantos años, propietario de la Imprenta y la Librería de Cantón, casado y con seis hijos, pudiera darse tiempo para presidir el Conservatorio Yucateco, encabezar el Consejo de Instrucción Pública, asistir a sesiones espiritistas, sacar ¡quincenalmente! un número de La Ley de Amor y aún redactar un Proyecto sobre la formación de una sociedad y banco agrícola y varias

indicaciones relativas al henequén! Como a Raúl, me intriga lo del “asunto reservado” y el negocio “que va cambiar radicalmente la faz de Yucatán” a que se refiere en cartas intercambiadas con Limantour que apuntan a un reciente descubrimiento de petróleo en Yucatán. También encuentro interesantes las coincidencias entre algunas de las medidas que G. Cantón tomó durante su corta gestión como presidente de Mérida (prohibición de las peleas de gallos, reducción del horario de venta de bebidas alcohólicas, regulación de la prostitución) y las que 13 años más tarde dictaría otro progresista personaje: el general Salvador Alvarado. Por otra parte, me resulta conmovedor el esfuerzo desesperado que hace Rodulfo G. Cantón en 1908 al solicitar la intervención de Limantour para no tener que desprenderse de su querido Ferrocarril de Mérida a Peto. Y hasta enternece la ingenuidad de que hace gala ante el poderoso ministro al incluir entre las causas de la crisis de los bancos yucatecos de 1907 las visitas anuales a Mérida del “circo Bell, compañías de zarzuela, de toros, etc., etc. que hacen gran negocio y explotan a un pueblo tan ávido de fiestas y diversiones como estas, y que tiene el hábito inveterado de gastar cuanto dinero tiene y a veces hasta el que no tiene […]”.

Claro que hay dos temas que, por su actualidad, sobresalen en esta biografía: 1) la identificación entre poder económico y poder político y 2) el tren como símbolo y vehículo de progreso. En relación con el primero, para quienes hoy estamos familiarizados con expresiones como “tráfico de influencias”, “conflicto de intereses”, “nepotismo”, “amiguismo”, “uso indebido de recursos públicos” –que se identifican con “corrupción”–, no deja de sorprender la naturalidad con que en el porfiriato los empresarios se desenvolvían como políticos y los políticos se hacían empresarios aprovechando su posición. En realidad, Hank González no descubrió el hilo negro cuando acuñó aquello de que “un político pobre es un pobre político”.

Por lo que respecta al tren, aunque en aquella época nadie exigía estudios de impacto ambiental ni consultas, ni los mayas eran vistos más que como mano de obra regalada o como bárbaros por someter, ¡cuánto se parecen la confianza de los liberales de entonces en los poderes casi mágicos del ferrocarril y la fe que ahora tiene el presidente de la república en el dichoso Tren Maya! En la inauguración del ferrocarril de Mérida a Peto, se dijo a propósito del proyecto de los ferrocarriles sudorientales: “[…] muy pronto el pito de la locomotora, heraldo del progreso, sustituirá a la ruda gritería del salvaje, y el bienestar aumentará con la riqueza de la península, pues los terrenos del sur y oriente, hoy en poder del maya, son, sin duda, los más fértiles, de todos los del estado”. Mutatis mutandis, es decir, cambiando lo hoy políticamente incorrecto y haciendo referencia a toda la región maya, ¿no se ha dicho algo semejante de uno de los proyectos estrella de la 4T?

Bueno, pero me he extendido con divagaciones motivadas por Rodulfo G. Cantón: sonata de una vida, un libro que vale la pena leer no solo por conocer la excepcional trayectoria de un empresario adelantado a su tiempo (hoy se han hecho realidad varios de sus sueños: la educación de las mujeres, la enseñanza pública de las bellas artes, la transformación de Mérida en una ciudad “moderna”), sino porque sus ideas y sus acciones, como he mostrado, merecen seguir estando en nuestra conversación. Muchas felicidades, Raúl J. Casares G. Cantón por haber compuesto esta sonata de la vida de tu tatarabuelo Rodulfo. Estoy seguro de que su espíritu, que de distintas maneras se ha manifestado esta noche, rebosa de orgullo.

—————-

Palabras leídas en la presentación de Rodulfo G. Cantón: sonata de una vida, de Raúl J. Casares G. Cantón, realizada en el Centro Cultural ProHispen el 6 de febrero de 2020.

Notas

1 Véase Enrique Martín Briceño, “Hacia la fraternidad y el progreso por las bellas artes: el Conservatorio Yucateco de Música y Declamación”, en Allí canta el ave: ensayos sobre música yucateca, Mérida, Sedeculta / Conaculta, 2014.

Siguiente noticia

Despertar mexicano ante la gravedad nacional de los problemas sociales