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Cultura

Francesca y Barbara

Pedro de la Hoz

No debió ser fácil para ellas abrirse al mundo de la música como compositoras. Si hoy todavía existen prejuicios y numéricamente se hallan en desventaja con el sexo masculino, cómo habrá sido entre los siglos XVI y XVII. Escribo esta nota para significar el valor de dos mujeres italianas, músicas de primerísimo nivel, que se cruzaron en el tiempo: la florentina Francesca Caccini (1587 – 1640) y la veneciana Barbara Strozzi (1697 – 1677).

La época y el medio influyeron en el temprano desarrollo de la vocación de Francesca: Giulio, su padre, renombrado compositor y modelo para ella, se desempeñaba en la corte de los Médici, familia que, como se sabe, detentó el poder político y financiero en la Toscana por más de tres centurias y ejerció el mecenazgo en las artes.

La muchacha aprendió canto y la técnica de diversos instrumentos, dio clases y obtuvo éxitos como intérprete entre la élite florentina. Por demás, escribió poemas en latín y lengua vernácula. Viajó a Francia para presentarse en los fastos nupciales de Enrique IV y le pidieron permanecer; los Médici no estuvieron de acuerdo y regresó a su ciudad de origen. En 1617, Francesca y su primer esposo visitaron las cortes de Milán, Parma, Lucca, Savona y Génova, donde compartió sus obras con nobles y burgueses. El poeta Gabriello Chiabrera, presente en Génova, dejó la siguiente apreciación: “Aquí se la escucha como una maravilla sin fisuras y en pocos días su fama se ha extendido”.

Aunque admiró la obra de Giulio, un buen día decidió componer: escribió cinco óperas, cuatro de las cuales se han perdido; solamente ha sobrevivido La liberazione di Ruggiero, considerada la primera pieza de su tipo debida a una mujer. Igualmente, compuso obras religiosas, seculares, vocales e instrumentales.

En su legado, sobresale un tomo publicado en 1618 bajo el título Il primo libro delle musiche (Libro primero de la música), que seguía hasta cierto punto la pauta de la obra de su padre Le nuove musiche (Nueva música). La colección contiene un total de treinta y seis piezas, un volumen considerable para el periodo. Pueden hallarse diversos patrones estróficos y estilísticos –arias, himnos, canzonetas, motetes– que dan la medida del cultivo refinado de lo que se conoció entonces como monodia en el ambiente florentino: una melodía a una voz acompañada por los acordes de un instrumento. En 2004, la Universidad de Indiana, Estados Unidos, publicó una edición crítica del libro de la Caccini, bajo el cuidado de los musicólogos Richard Savino y Ronald James Alexander.

Poco más ha llegado a nuestros días. Se ha dicho que uno de los motivos por los que no se conserva gran parte de su producción musical es porque, a pesar de los numerosos encargos que realizó para festejos y celebraciones, la mayoría de su trabajo se centró en la esfera privada de la familia Médici y las cortes que visitó, ésta no llegó a oídos del público. Por su condición de mujer, dependía del poder de los Médici para poder sonar su música.

Barbara Strozzi fue más lejos en su tiempo. Hija ilegítima de Giulio Strozzi, poeta y libretista veneciano conocido en sus días por su conducta libertina, inculcó en la criatura el gusto por la música y también la obligación de plegarse a sus intereses. Barbara trabajó para éste, aunque logró con sus creaciones propias un vuelo inédito y atrevido. Su biógrafa, la historiadora británica Anna Beer, refiere cómo “el contenido sexual explícito o la confusión entre géneros en la música de Strozzi se hacía eco del erotismo de la vida y la moda venecianas”, nos cuenta Anna Beer. De ahí que la música de Strozzi fuera vetada en su época en las iglesias.

Por cierto, la Beer defiende la promoción inclusiva de la música de las compositoras: “No basta –ha recalcado– que en la radio pública de Inglaterra programen 24 horas de música clásica escrita por mujeres cuando se celebra el 8 de marzo. Resulta frustrante limitarse a sacar sus obras del olvido un día e ignorarlas el resto del año. Quiero escuchar esas obras de manera habitual, sin tenerlas en un gueto”.

Quien repase su Primo Libro de Madrigali; a due, tre, quattro, e cinque voce (Primer libro de madrigales a dos, tres, cuatro y cinco voces), de 1644, publicado originalmente en cuatro volúmenes, admirará el refinamiento de las composiciones de Strozzi, y su capacidad para asimilar y explotar aristas novedosas en lo heredado de su maestro Francesco Cavalli, a su vez discípulo de uno de los más relevantes autores precedentes, Claudio Monteverdi.

El crítico español Arturo Reverter perfiló a la compositora del siguiente modo: “Strozzi, rara avis del Barroco italiano, ofrece un lirismo de altos vuelos y una reflexión sublime. En efecto, ritmo; y serena contemplación, lirismo de altos vuelos, reflexión sublime son rasgos de la música de Strozzi. Se reconoce en esa sugerente combinación de pasajes muy medidos y anotados y otros en los que se deja plena libertad al intérprete en un discurso que alterna dobles y triples metros, rasgos definitorios del llamado stile concitato. Las melismáticas expansiones, las constantes repeticiones de las palabras y la atención al sonido de la voz dan carácter a las creaciones de la compositora veneciana”.

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