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Opinión

El fin de la inocencia

“La seguridad que hoy reclaman tanto Ucrania como Rusia, estaban vigentes cuando hace dos años -o 14 según otros cálculos ellas mismas-, de espaldas al derecho y la humanidad, comenzaron la guerra”, menciona Jorge Gómez Barata.
El fin de la inocencia
El fin de la inocencia / Especial

El siglo XX fue escenario de dos guerras mundiales que ocasionaron unos 100 millones de muertos. Ante la hecatombe, los principales líderes mundiales asumieron compromisos y crearon estructuras para impedir la repetición de tales fenómenos. Así nació la idea de la Seguridad Colectiva, que fue el cometido de la Sociedad de Naciones creada al finalizar la Primera Guerra Mundial y de la ONU al concluir la Segunda.

La idea de la Seguridad Colectiva comienza por Europa porque allí es donde más peligra. Un antecedente remoto fue la Paz de Westfalia (1648), primer intento de concertación internacional que, políticamente dio lugar a la Europa moderna, eje de un orden internacional en el cual, todo el protagonismo recaería sobre los estados.

Lo acordado tuvo un defecto de génesis al ser realizado por entidades que no habían alcanzado la madurez institucional necesaria para tan ambicioso proyecto y, aunque fue un paso importante, no pudo mantener sus propios acuerdos. Exactamente lo mismo ocurrió 270 años después con la Sociedad de Naciones, la cual no pudo impedir la II Guerra Mundial.  

La Sociedad de Naciones, impulsada por el presidente norteamericano Woodrow Wilson, fue el primer resultado de la gestión de Estados Unidos como líder mundial. Wilson comprendió que, aunque estuviera centrado en los países más poderosos, un Sistema de Seguridad Colectiva, no puede ser un acto de fuerza, sino un resultado de consensos reales, de equilibrios económicos y militares, y lo más importante, de un clima de confianza y buena fe. Tal vez por eso, Wilson partió de la premisa de crear un credo.

Esos fueron los 14 puntos, presentados al Congreso en el 1918. La mitad de ellos se referían a principios que regirían un mundo de paz (libertad de los mares; libre comercio; reducción de armamentos y ajuste de las cuestiones coloniales).

El más importante aludía a la creación de la Sociedad de Naciones, una especie de anticipo del Tratado de Versalles y, más allá, de la Carta de la ONU. La fundación de la ONU no impidió la Guerra Fría, caracterizada por rivalidades políticas y militares, desenfrenada carrera armamentista, incluidas las armas nucleares. No obstante, los mandatarios de Estados Unidos y la Unión Soviética no dejaron de trabajar en favor de la distensión.

Tales esfuerzos se incrementaron decisivamente en la zaga de la Crisis de los Misiles en Cuba cuando quedaron probados los peligros de la proliferación. Entonces se aceleraron las negociaciones sobre limitación de armamentos, prohibición de los ensayos atómicos y se aprobó el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

Un logro importante se alcanzó cuando, con la firma de 35 países, incluidos los Estados Unidos, la Unión Soviética, las potencias europeas y Turquía, en agosto del 1975, concluyó en Helsinki, Finlandia, la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación, punto de partida de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa.

Una limitación fue que el acta final no era vinculante ni tenía estatus de tratado. Otra vez la humanidad es colocada frente a sus inconsecuencias cuando ninguna negociación y ningún instrumento jurídico, incluso la Carta de la ONU, no hubo principio que frenara los aprestos bélicos ni pudiera impedir la guerra en Ucrania que pudo ser evitada con sólo invocar los preceptos de la Carta de la ONU.

La seguridad que hoy reclaman tanto Ucrania como Rusia, estaban vigentes cuando hace dos años -o 14 según otros cálculos ellas mismas-, de espaldas al derecho y la humanidad, comenzaron la guerra.

Como su denominación lo indica, la seguridad colectiva abarca a todos los países y es universal, cosa para la cual no existen hoy posibilidades, entre otras cosas porque falta el ambiente de confianza y la buena fe, imprescindible para un cometido semejante.

Si bien Ucrania no ingresará en la OTAN, ello no significa que conviva, se relacione, incluso colabore con ella y, aun cuando no se le suministren armas avanzadas, con las capacidades de su industria puede desarrollar todas las que se proponga, incluso las nucleares.

Por su parte, Rusia que carga con el lastre de un tórpido pasado, asociado primero al Imperio Ruso, cuyos desmanes y malos tratos a territorios y a varios países europeos son antológicos.

Además de la propia Ucrania que ha renovado la rivalidad, el entuerto incluye a Polonia, Estonia, Lituania y Letonia, Georgia, los cuales, en la época soviética, aunque hubo causas y disfrutes comunes, sumaron animadversiones todavía vigentes.

Se trata de países exsoviéticos, antes sometidos por el Imperio Ruso y luego compulsivamente incorporados a la Unión Soviética, cuya existencia fue tres veces conculcada. Primero por el imperio de los zares rusos, luego por el Pacto Ribbentrop-Molotov, a continuación, por el Tratado de Brest-Litovsk y luego por la incorporación compulsiva a la Unión Soviética.

No debe extrañar que, al obtener la independencia, todos se hayan apresurado a cobijarse en la OTAN y la Unión Europea y ahora, como otras veces, teman por su seguridad nacional. Cuando la guerra termine quedarán cicatrices que se añadirán a las reservas no saldadas.

Para sobrepasar tales situaciones y crear un clima de confianza y colaboración que restituya la situación anterior al 2022, Rusia y las entidades europeas deberán realizar un inteligente, intenso y prolongado trabajo político y cultural que devuelva a Europa la idea de que son una entidad común. Por ahora no existen señales de que haya voluntad política para ello.

Un nuevo esquema o tratado de Seguridad Colectiva se ha puesto tan lejos que incluso peligra la no proliferación nuclear. La guerra ha sembrado vientos y la retórica no evitará las tempestades. Hace falta más que eso.

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