Luis Carlos Coto MederosPablo Marrero Cabello1089Amo
Amo las tardes de lluvia,
no las tardes de ciclón,
cuando las espigas son
niñas de melena rubia.
Amo el sol cuando diluvia
su beso de luz primera
y se mueve la palmera
semejando una muchacha
que el viento le deshilacha
de un tirón la cabellera.
Amo la musculatura
de las ceibas milenarias
que parecen propietarias
antiguas de la llanura.
Amo la fruta madura
cuando la rama se mueve,
y en las tardes cuando llueve
amo las cumbres distantes
que son camellos gigantes
con sus jorobas de nieve.
1090Mi guitarra
Mi guitarra se enamora
de las cuerdas del laúd
y va por la magnitud
del guateque hacia la aurora.
Es una novia que llora
por un ojo de madera
y cuando la primavera
del amor no está presente
cada cuerda sobre el puente
es una lágrima entera.
1091Mis ojos
Mis ojos saben llorar
cuando una injusticia ven,
pero ellos saben también
el delito denunciar.
Mis ojos saben hablar
en un idioma callado
y si estoy enamorado,
pero hay que mirar de lejos,
llevan en sus dos espejos
la imagen del ser amado.
1092El río
He visto el río arrancar
los árboles de la orilla
y llevar fango y arcilla
hasta el corazón del mar.
He visto el río temblar
con furias de terremoto
cuando por un alboroto
de ciclón y lluvia nueva
sobre las espaldas lleva
los huesos de un puente roto.
1093Ancianidad
No importa que de la mano
se nos vaya la belleza,
si tenemos la certeza
de no haber vivido en vano.
Un buen libro y un anciano
tienen mucho parecido;
un libro que haya cumplido
sus funciones con decoro
sigue guardando un tesoro
bajo el forro carcomido.
1094Paisaje natal
Cumanayagua me llegas
desde un ayer de bohíos
con tus palmas y tus ríos,
tus montañas y tus vegas.
Por mi recuerdo navegas
con rumor de cascabel;
porque fui el muchacho aquel,
que al cristal de Hanabanilla
le hizo un puerto en cada orilla
con sus barcos de papel.
1095La voz del árbol
Soy un gigante copudo
(huésped de montaña y llano),
del hombre soy un hermano,
le doy mi sombra y lo ayudo.
Caliento su invierno crudo
con mis ramas en la hoguera
y mi fruto y mi madera
le han brindado compañía,
desde el tiempo en que tenía
menos de hombre que de fiera.
1096El hombre
La selva te dio la vida
muchos milenios atrás,
y eras una fiera más
por las fieras perseguida.
Una prisión reducida
fue tu mundo primitivo;
pero el paso evolutivo
de aquella vida incipiente
fue rompiendo gradualmente
tus cadenas de cautivo.
1097El libro
Cuando en tu literatura
el más humilde penetra
por los ojos de una letra
descubre la luz futura.
Con agua de luz apura
el brote de la simiente;
se le alarga la corriente
del conocimiento, y es
un caminante sin pies
en un viaje permanente.