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Opinión

Desarme: fusiles por garbanzos

Recientemente, un alto cargo de la Administración de Donald Trump, declaró: “Ucrania no puede arrastrar a Estados Unidos a una guerra”. Así le ocurrió con Alemania en la II Guerra Mundial, menciona Jorge Gómez Barata.
Desarme: fusiles por garbanzos
Desarme: fusiles por garbanzos

Del mismo modo que existen muchos argumentos para involucrarse en las guerras; también son diversos los caminos para alcanzar la paz. Recuerdo un episodio. Durante las Guerras Carlistas en España (1833-1840), ante una anunciada ofensiva sobre la ciudad de Oviedo, los inermes vecinos, incapaces de resistir, concibieron la táctica de ofrecer a los atacantes una pantagruélica comida a base de garbanzos con espinacas y bacalao, regada con abundante vino.

Tras del hartazgo, mientras los invasores disfrutaban la siesta, los vecinos los despojaron de sus armas, así los vencieron y se hizo la paz. Recientemente, un alto cargo de la Administración de Donald Trump, declaró: “Ucrania no puede arrastrar a Estados Unidos a una guerra”. Así le ocurrió con Alemania en la II Guerra Mundial. Muchas personas ignoran que Estados Unidos nunca le declaró la guerra a Alemania, sino que fue Alemania la que se la declaró a los Estados Unidos.

El fenómeno tuvo lugar el 7 de diciembre del 1941 cuando, mediante el bombardeo a Pearl Harbor, Japón atacó a Estados Unidos. Un día después, el presidente Franklin D. Roosevelt acudió al Congreso, que declaró la guerra a Japón. Debido a que entonces Japón formaba parte del Eje Berlín-Roma-Tokio y entre ellos existía un tratado que, como el de la OTAN, obligaba a la triada fascista a defenderse mutuamente, Alemania se vio obligada a declararle la guerra a Estados Unidos. Un comentarista de entonces afirmó que Japón había despertado a un gigante dormido.

Así ocurrió. Por cierto, al informar sobre el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, el 6 de agosto del 1945, el entonces presidente de Estados Unidos, Harry Truman, aludió a este hecho: “Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado…”

Por añadidura, como si lo hubieran acordado de antemano, existe un detalle al que los historiadores y comentaristas de todas las escuelas restan relevancia, incluso omiten. Se trata de que la exUnión Soviética, a pesar de confrontarlo militarmente en Manchuria, no le declaró la guerra a Japón hasta el 8 de agosto del 1945, días después de haber estallado la bomba atómica sobre Hiroshima.

Aunque no deja de ser un argumento débil, la razón aludida para explicar la aparente omisión soviética respecto al retardo del estado de beligerancia contra Japón, consiste en que, entre ambos países, desde abril del 1941, después de intensos combates en los teatros de operaciones de Mongolia y China, ambos países firmaron un Pacto de Neutralidad.

El hecho recuerda una operación diplomática semejante cuando en el 1939, nueve días antes del comienzo de la II Guerra Mundial, la exUnión Soviética, firmó con Alemania el Pacto Ribbentrop-Molotov, que estuvo vigente hasta junio del 1941, cuando Alemania invadió a la desaparecida Unión Soviética.

Estoy convencido de que no hubo ingenuidad ni componenda por parte de Joseph Stalin que, en ambos casos, trató de ganar tiempo, para lo cual incurrió en acciones que la historia Occidental tiende a juzgar con excesiva severidad y la escrita en tiempos de la exUnión Soviética, fueron minimizadas.

En el 2022, Europa admitió oficialmente que, en el plano militar, Rusia representa una “amenaza directa”. Obviamente, esta situación estará vigente hasta que, en los hechos, se demuestre otra cosa. Se trata ciertamente del único enemigo potencial de Europa, cuya economía, fuerzas militares, desarrollo científico y tecnológico, así como capacidades financieras e industriales y posibilidades para el fomento de las industrias de armamentos, se equiparan a Rusia, que la supera en el arsenal nuclear, esfera en la cual Europa cuenta con las posibilidades de Gran Bretaña y Francia.

Aunque sea perdedora, obligada a sacrificar territorios, independencia y soberanía, Ucrania no se sentirá humillada porque hizo lo que pudo. No será la primera que afronta situaciones semejantes. Por su parte, Rusia no parece interesada en alardear de la victoria y, debido a que logró sus objetivos, le basta con un arreglo, mientras Donald Trump, que insiste en que “de haber sido presidente, la guerra no habría comenzado”, dejará que los hechos hablen, como prometió, parece que la terminara.

Confiando en que el resultado de las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia para alcanzar la paz en Ucrania será exitoso, tengo la certeza de que, seguramente se recordará, como una rareza significativa, la ausencia de Ucrania que es uno de los protagonistas. Ojalá ese hecho no se erija en un obstáculo y la omisión sea rectificada a tiempo.

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